Estábamos a principios de agosto del año pasado, y durante todo el verano, por Cádiz se había corrido la voz de que allí... a lo lejos... más allá de Cortadura, donde no va nadie, había una playa nudista. Lo decía la gente y lo decían los periódicos: "Allí a lo lejos, la gente ha creado su propia playa nudista".
Ni cortos ni perezosos, mi amigo Adri (
@adriodriozola) y yo establecimos un plan perfecto para comprobar si aquel rumor era cierto; aprovechamos un domingo de Fórmula 1 (puede que de ahí el error) y decidimos quedar sobre las 9 de la mañana para dar "un paseo muy largo" y luego, veríamos la carrera en su casa. En el caso de que existiera tal playa, podríamos pasar sin problemas, ya que la playa había sido reconquistada como "nudista" por los propios ciudadanos; nosotros sólo estábamos "dando un paseo largo".
Comenzamos a andar, seguimos andando, pasamos el Chato (en Cádiz, todo el que da un paseo se pone ese límite, el Chato), seguimos andando… y por allí no había nada. Tras casi una hora sin parar de andar, estábamos prácticamente por la mitad de la carretera de San Fernando, todo esto caminando por la arena de la playa. Parecía que cada paso que dábamos hacía que el paisaje fuera más bonito: el agua cada vez era más cristalina, la arena cada vez más limpia… pero a su vez, cada vez teníamos más sed y, a pesar de que había gente paseando por allí, no representaban precisamente lo que estábamos buscando.
Tras hacer nuestra primera parada en un chiringuito para comprar agua (en la que un señor muy cabrón correcto nos dijo que no nos iba a vender una botella porque no pensaba empezar a vender hasta las 12) seguimos andando cada vez con menos ilusiones de encontrar aquel mito del que tanto se hablaba.
Entre nosotros, le habíamos puesto nombre a aquel lugar, "Tierra Santa", para no llamar la atención de la parte femenina del grupo cuando habláramos de la hipotética playa nudista con el resto de las almas masculinas del grupo.
Iban pasando los minutos, los pasos eran cada vez más cortos, teníamos la ilusión de bañarnos por allí, en una de esas aguas cristalinas, pero teníamos un problema: Teníamos que bañarnos una vez hubiéramos visto "Tierra Santa" ya que de lo contrario, el escozor que provocaría el bañador mojado en sendos pares de muslos sería letal (ya mostraré algún día si me acuerdo, mis quejas al diseñador del bañador masculino).
Y por fin, tras el sufrimiento de ver aguas en las que no podíamos zambullirnos, llegamos a Torregorda, esa torre tan famosa de la que habla la gente como si supiera mucho del tema (añadir, si me permiten que la torre ni es una torre, ni es gorda, vamos, que no es para tanto).
Y allí, desde lo lejos vimos un murallón de piedras que sostenía un gran cartel. Intuímos, tontos de nosotros, que era el cartel que separaba la playa de los mortales de la playa nudista. Cada vez estábamos más cerca, pero no lo suficiente para leer lo que ponía. Adri, con su miopía e iluso de él, no me creyó cuando le dije:
-Adri, ahí pone "peligro".
A lo que respondió bromeando:
-Fijo que pone "Peligro, playa nudista" o algo por el estilo.
-También pone "tiro", y dudo que me advierta de que "si me tiro a alguien en..."
Tras la risa estúpida por habernos dado cuenta de que la misión había sido un fracaso, pudimos llegar a leer el cartel, que decía: "Peligro, campo de tiro. Prohibido el paso".
Finalmente, nos dimos por vencidos; estábamos literalmente en el borde del universo, a varios kilómetros de donde habíamos empezado a andar, pero… el resultado de todo el paseo no había sido para nada negativo, ya que prácticamente teníamos unos cien metros de playa para nosotros solos, con el mar en calma, las aguas cristalinas y una arena como la que nunca habíamos visto.
A día de hoy, para nosotros, Tierra Santa no es más que una playa que no sale en los mapas. Poco gaditano ha pisado esas tierras (tan solo los valientes que se atreven a pasar de El Chato). Podemos decir que no vimos nada de lo que prometía el rumor, pero el resultado, al fin y al cabo no estaba nada mal. Seguramente, el año que viene hagamos otra peregrinación a Tierra Santa, a ese lugar donde parece que se acaba el universo.